El derecho a ser mejores personas

SOSLEGAL - ÁREA DE DERECHO PÚBLICO

Juan Francisco Arana .
  Asuntos Públicos y Relaciones Gubernamentales

La pandemia nos ha obligado a ceder parte de nuestra libertad en manos del gobierno, pero es imperativo preguntarnos: ¿hasta dónde debemos permitir que esa cesión se prolongue? La libertad no es un bien negociable; es un derecho inherente que solo debe restringirse en la justa medida para preservar el bienestar colectivo. Como bien advertían los estoicos, el verdadero desafío no radica en las circunstancias externas, sino en cómo respondemos ante ellas.

El infortunio de esta crisis nos ha demostrado que solo unidos podemos superarla. Sin embargo, la unidad no significa sumisión ni resignación. No debemos confundir la prudencia con la rendición ni permitir que el miedo nos lleve a entregar ciegamente nuestra autonomía. Marco Aurelio nos enseñó que nuestra mayor fortaleza radica en gobernarnos a nosotros mismos antes que ser gobernados por otros.

Es tiempo de transformación. La pandemia no solo nos ha mostrado nuestras vulnerabilidades biológicas, sino también nuestras falencias como sociedad: informalidad, deshonestidad, pereza e impuntualidad. Debemos desaprender estos malos hábitos y reemplazarlos por virtudes que nos fortalezcan. El estoicismo nos recuerda que el carácter es el único escudo frente a la adversidad. No podemos controlar lo externo, pero sí nuestras acciones y actitudes.

Si no tomamos consciencia de que cada acto de irresponsabilidad pone en peligro a los más vulnerables, pagaremos el precio con la pérdida de seres queridos. No podemos entregar nuestro destino a la imposición de la fuerza ni sacrificar la libertad en nombre de una falsa seguridad. El poder absoluto es un peligro latente, pues como decía Séneca, «un hombre no puede gobernar a otros si no sabe gobernarse a sí mismo».

El equilibrio de poderes es esencial. La historia nos ha demostrado que cuando el poder se concentra en unas pocas manos, la sociedad camina por la senda del autoritarismo. Siempre habrá batallas que librar, pero la más importante es la que enfrentamos contra nuestras propias debilidades. La disciplina, el autocontrol y la responsabilidad son las armas con las que debemos combatir.

Nuestra humanidad ha superado incontables adversidades a lo largo de la historia. La resiliencia está en nuestros genes y el instinto de supervivencia nos impulsa a adaptarnos. Esta crisis no nos destruirá; nos obligará a evolucionar. Como sociedad, debemos transformar nuestros hábitos, innovar, crear y proponer soluciones. La adversidad es la maestra más dura, pero también la más efectiva.

El precio de la libertad es alto, y debemos estar dispuestos a pagarlo. La verdadera fortaleza no se encuentra en la resistencia ciega, sino en la adaptación inteligente. Nuestra fe no debe centrarse en el azar ni en las circunstancias, sino en la capacidad que tenemos para actuar con virtud. No se trata de renegar de nuestras costumbres, sino de mejorarlas, de extraer lo mejor de nosotros mismos y de nuestra comunidad.

No aspiramos a una sociedad perfecta, sino a una sociedad de buenas personas. Con esfuerzo, dignidad, valentía y fe, podemos construir la vida que buscamos: una vida compuesta de momentos de virtud y crecimiento. Como diría Epicteto, «la felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no».

No basta con intentarlo, debemos hacerlo. La determinación y la voluntad son nuestras mayores aliadas. Con disciplina y propósito, lograremos no solo ser mejores individuos, sino una mejor nación.